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Quien me conoce sabe que me
encantan los animales, que intento respetarlos y ponerme en su lugar, con lo
que siempre he tenido amigos caninos, felinos y pajarinos. Amigos, sí,
verdaderos amigos no sometidos a mi autoridad. “Gente” que me hace caso y me
entiende a su manera y viceversa por puro afecto. Y también intento ponerme en
el lugar de quien intenta conservar sus tradiciones, las que configuran la
cultura de un país. Si ese país es el mío y son sus tradiciones, quizá las
entiendo mejor que las de otro, porque las he vivido, porque me han educado con
ellas, porque corren de alguna manera por mis venas llegando desde el pasado
más lejano.
La fiesta por excelencia en España,
la de los toros, siempre me crea por estos motivos una enorme controversia. Es
brutal que un animal sufra y muera para diversión del ser humano. Pero no puedo
dejar de emocionarme por el arte y el espectáculo. El pequeño y grácil bailarín
de traje abigarrado se enfrenta a un ser mil veces más potente que él. Sólo
puede vencerle con su ingenio y es un duelo a muerte. El hombre o la bestia. No
siempre está la victoria del lado del ser humano. La vida y la muerte son un
juego que a veces, poniendo las cartas sobre el albero del ruedo, le gana una
mano al hombre y el toro mata. Ahora nos escandaliza jugar con la muerte y la
vida de una persona sin género de dudas y de un animal también, por lo que
imaginamos tiene de similar con nosotros y no por lo que suponemos que nos
diferencia de él, todo hay que decirlo. Pero no hace mucho la muerte de los
hombres era un espectáculo para los hombres. Hay montones de ejemplos en la
historia: gladiadores, ejecuciones públicas de presos, torneos… Nos hemos vuelto no mejores, pero sí más escrupulosos
y nos incomoda ver sangre y sufrimiento en primer plano. O eso decimos, muchas
veces…
Pero no vamos a pensar así en
términos absolutos. Seamos indulgentes, hay quien no quiere mal para nadie y
jamás haría daño a un ser humano y tampoco a un animal. De la misma manera que
las batallas cruentas, que los duelos a vida y muerte han pasado a la historia
sin que el sentido que tienen haya desaparecido podrían cambiar las fiestas con
toros. Habría que inventar una manera, una forma que no las desprestigiase, que
conservase todo lo que tienen de encanto sin que la vida y la muerte de un
hombre y un animal se pusieran en juego. Y sería posible, creo que mucho más
ingenioso que prohibirlas o que dejarlas como están. Sería una garantía de
supervivencia. Creo que es necesario que evolucionen y se adapten ¿Cómo? Se
puede burlar al toro de mil maneras sin cubrirlo de sangre ni matarlo al final.
Sin clavarle banderillas, que pueden ir enganchadas a su gruesa piel.
Cansándole a capotazos o con carreras. Se le puede derrotar y ganarle la vida,
perdonándosela generosamente y devolviéndole a la dehesa para que llegue al
final de sus días. Estoy convencida de que más de un mayoral que cría a sus
toros con orgullo y cuidado tiene un verdadero sentimiento de pesar cuando ese
toro, valiente, bravo, enorme y fuertísimo que él sabe que crío para morir,
finalmente pierde la vida en medio de un charco de sangre. No sé con exactitud
qué medidas podrían tomarse, pero seguro que no es tan difícil torear sin matar
ni morir. Quizá el torero deba llevar un traje de luces con más protecciones.
Quizá deba ser más atleta para cansar más al animal además de un bello
bailarín. Se pueden también recuperar otras muchas suertes como el recorte, que
no implican sufrimiento del animal, suertes antiguas y goyescas y no por eso la
fiesta resultaría descafeinada. Hay que cambiar y evolucionar porque causar
dolor o matar a un ser vivo nunca es justificable.
El
5% de mi paciencia se ha marchado con la misma proporción mi sueldo y mis
trienios. Me queda ver qué porcentaje se evapora si le sumo el 1,5% de subida
de IRPF desde principios de año, el 2% del IVA desde junio, el nuevo impuesto
de basuras de Madrid y el 150% en que se me ha incrementado en los últimos tres
años el IBI de mi casa, que es todavía de protección oficial en cuanto a
posibilidades de venta o alquiler, que no de impuestos, oscuras cuestiones que
no alcanzo a entender… Eso sin contar con una pérdida de capacidad adquisitiva
constante en los últimos 10 años y con la pequeña circunstancia de que hay que asumir el trabajo que realizaban
quienes se han jubilado o están de baja.
Pero
no voy a echar cuentas todavía, esperaré a finales de año que ya nos habrán
cocinado una reforma laboral que podremos dejar a nuestros hijos como herencia
junto con un planeta gastado y esquilmado en recursos. Ellos, pobrecitos míos,
que no han conocido un puesto de trabajo que sirva para vivir, sino que vivirán
para quizá ocupar un puesto de trabajo en donde se les intercambiará como
piezas, no han conocido lo que significa conquistar unos bien merecidos
derechos que estamos a punto de terminar de perder.
Digo
terminar porque poco a poco, yo que sí tengo muchos años y perspectiva, he ido
viendo cómo se generalizaba la temporalidad en el empleo y se empeñaba en hacer
creer que eso era lo normal. He visto surgir con perplejidad las ETT y “vender”
su aceptabilidad y cómo, posteriormente, el deterioro del mundo del empleo y de
la consideración del trabajador como un elemento valioso e imprescindible se ha
ido perdiendo. Cualquier circunstancia, cualquier horario, cualquier turno,
cualquier excusa es válida para utilizar o desechar. El despido libre –o casi-
es sólo la guinda de un pastel que nos han venido sirviendo en bandeja, de
apariencia aceptable y sabor amargo. ¿Qué es eso de la estabilidad, la
capacidad, la valoración, el descanso de las personas que trabajan? No son
privilegios, es lo que todas y todos deberíamos tener. Nada hay de extraordinario
en la estabilidad y seguridad que tiene un funcionario en su empleo, la misma
de un trabajador con contrato laboral indefinido. Podría citar aquí los
múltiples procedimientos de que dispone nuestro empleador para mandarnos a casa
con una excedencia o reasignación de efectivos, expedientarnos o removernos de
nuestro puesto de trabajo, pero no quiero extenderme. Sí, hicimos una oposición
muy dura, en concurrencia competitiva con miles de personas y nos convenían las
condiciones en que se nos ofertaba el trabajo. Sí, demostramos y estamos
demostrando nuestra capacidad de servicio día a día con ciudadanos que son como
nosotros sólo que del otro lado del mostrador. Sí, desearíamos que todos
tuvieran aquello que tanto nos costó ganar y por lo que estudiamos. Pero
señores, no es nuestra la culpa si eso no es así. Miren con un poco menos de
miopía y levántennos esa leyenda negra que es sólo culpa del desconocimiento y
del deterioro del empleo.
Quisiéramos
seguirles atendiendo de la mejor manera posible, como hasta ahora, en su centro
de salud, en su ayuntamiento, en su universidad, en su polideportivo, llevándoles
el correo, en… pero si tienen que esperar media hora en vez de 10 minutos, si
en lugar de atenderles entre cinco personas sólo puede hacerlo una, si se
produce un deterioro en nuestro trabajo y en servicio que les prestamos, no nos
culpen. Sólo tenemos dos brazos y nuestra paciencia perdida.
EspaInfo: buscador de España
Que sepas que no me he olvidado de
ti ni un momento; siempre has estado en mi pensamiento y yo deseo continuamente
regresar a ti, pero sabes, sabes que en los últimos tiempos tienes un fuerte
competidor que me reclama y que roba energía y concentración… me estoy
refiriendo al zamizaquí, claro, también conocido como la casita del
chocolate o villa Paco y Pilar, que todos esos nombres tiene. Esa
ilusión con tejas y paredes blancas, con ingenuas y antiguas celosías, con ese
jardín añoso, el antiguo algarrobo o garrofera, que le dicen, las jazmineras,
el gran albaricoque, el olivo, las higueras… ese pequeño refugio que se
mantiene con su paisaje original de monte bajo mediterráneo, tranquilo, campos
de olivos y almendros, retamas, jaras, tomillo y romero. De cuando en cuando la
abubilla se posa curiosa en el jardín y encrespa su penacho de plumas en la
cabeza: no habrá jefe apache ni punkie ochentero que pueda hacer sombra a su
hermosísimo atavío. El carbonero cotillea en las varas de jazmín y las golondrinas
pasan en vuelo rasante rozando con la punta de las alas las plantas y los
muros. Se persiguen jugando, chillan emocionadas cuando van a atrapar un
insecto y vuelven a tomar una corriente de aire que las eleva muy alto. Los
señores petirrojos andan buscando un nido por el jardín. Él, muy orondo, hincha
el anaranjado buche y canta para que todo el mundo sepa que ellos ya están allí
y aquello es suyo, suyo, suyo… y ella, sencilla, parda y vivaracha, me sigue
volando allá donde vaya, a corta distancia mía, muy interesada en
confraternizar con un animal tan grande y tan raro. Ya hemos cambiado unas
cuantas frases, digo, unos cuantos pitiú-pitiú y parece que vamos a ser muy
buenas vecinas.
Algunas veces, la asociación de
pajarillos cantores del lugar organiza un concierto, al crepúsculo, sobre todo
después de una lluvia, en uno de los árboles grandes del monte, muy cerca.
Deben ser muchos porque el sonido inunda todo el monte con multitud de frases
musicales, tonos, matices, espectaculares solos y fragmentos de piezas para
flauta. Es conocida la afición de las aves valencianas a las bandas y
asociaciones musicales.
Si, el zamizaquí me pide que lo
cuide, que lo mime, que no lo deje enfermar pero creo que ya estamos empezando
a ser conocidos y a establecer un equilibrio. Él confía en que yo le cuidaré y
yo le atiendo orgullosa sintiéndome poseedora de un trocito de reserva de la
biosfera… de un trozo de paisaje original y sin adulterar… de un cachito de
selva amazónica a la valenciana.
Mientras, la vida continúa. La
crisis, la deshumanización, la desesperanza, el desamor no viven en el
montecito mediterráneo, no en las avecitas, no en la casita del chocolate. Los
pájaros no pagan hipotecas por sus nidos ni, si el entorno sigue igual, se
quedan sin alimento. Pero estos lastres están y regreso a ellos comprobando que
algo va mal, mal… no se lo contaré a
mi amiga petirroja para no entristecerla.
Sigo pensando que debería vivir
varias vidas para poder hacer todo lo que me gustaría y aprender lo que no sé,
que es mucho. Creo que, aparte de un máster cuando los fabricantes de máster
oferten alguno bueno e interesante, debo hacer formación profesional en
albañilería, que habrá, me figuro, y en fontanería… y también puestos, en
fotografía y hasta en estética… la belleza está en el interior pero si
podemos colocarla fuera para que todos disfrutemos de ella, mejor que mejor…
Seguiré escribiendo como siempre de nuevo. Sacaré adelante mi libro ¿lo
ilustraré? Mmm… sólo necesito un poco de concentración y tranquilidad. Seguro
que sale mejor si lo hago mientras podo el nogal o cuido las buganvillas…
Estando en estas digresiones oigo
relinchando al caballito gris del paisano que vive cerca. Nunca veo que le
monten, y el animal se debe aburrir, se acerca a la valla esperando trabar
conversación con los paseantes. Enfrente suyo está el señor de los huevos… es
que tiene huevos de corral, de gallinas de verdad que las ves tan chulas por
allí sueltas picoteando. También tiene unas cabras locas, claro, como todas las
cabras. Se las ve traviesísimas, tienen casi rota la verja del recinto en donde
están encerradas de tanto apoyarse en ella para rascarse el lomo mientras
increpan, balando descaradas, a los caminantes que pasan por la carretera. Si
Zapatero las conociera, seguro que las fichaba como ministras de… no sé,
seguro que se le ocurría algo.
Creo que ya lo he dicho, aquí no hay
crisis, ni hipotecas, ni política, ni humanidad deshumanizada… Creo que nos
estamos equivocando desde hace mucho tiempo.
-¡Papá,
papá!- Dijo el niño con su vocecilla aguda -¡Papá, que creo que ya están
llegando!- Su voz era toda urgencia temblorosa que dejaba el aire impregnado
con un eco de pánico. Sí, él y su familia habían pasado ya por este trance en
varias ocasiones y estaba acostumbrado a acechar el cielo, a otear el horizonte
cuando presentía que, periódicamente, el ataque estaba de nuevo a punto de
producirse. Un lejano resplandor era la advertencia más clara, la señal
inminente de que había que protegerse con rapidez.
Papá había construido durante los últimos meses un refugio seguro en el
sótano de la casa. Le había tomado su tiempo pero lo había preparado bien; las
paredes de gruesos muros estaban insonorizadas y la puerta metálica era
imposible de abrir o forzar. Claro que allí dentro no había luz natural, pero
por lo demás estaba dotada de todas las comodidades: cuatro camitas para él y
su familia: el pequeño Luis, su hija Celia, convaleciente todavía de su recién
superada adolescencia, a sus 17 años, su mujer Paloma y él mismo, Luis. Tenían
agua, una bien abastecida despensa de la que poder alimentarse durante unas
tres semanas y un sistema de calefacción eficaz. Pero lo más importante,
estaban seguros, a salvo, esta vez podrían superarlo con tranquilidad.
Era la primera vez que utilizarían el refugio. Luis, alertado por su
hijo se asomó a la ventana. –¡Tienes razón, Luisito, hijo, llama a mamá,
deprisa, y a tu hermana también!. ¡No nos queda mucho tiempo!-El niño corrió
hacia las habitaciones mientras su padre se afanaba cogiendo mantas y una
linterna para bajar por las escaleras que comunicaban el sótano con la vivienda
-¡Mamá, Celia, mamá! ¡Venid, deprisa, tenemos que ir al refugio, papá
ha dicho que no tenemos mucho tiempo! La voz de Luisito penetró por las paredes
como una sirena de ambulancia directamente al tímpano de las dos mujeres.
Salieron de sus habitaciones y, con el corazón galopando desbocado en sus
pechos, llegaron al cuarto de baño para tomar lo más imprescindible de aseo,
toallas, algo de ropa…
-¡Venga, vamos!- Urgió Luisito muy en su papel. –Pero
¿Qué estáis cogiendo ahora? ¡Si allí hay de todo ya!…
-Ya vamos
hijo- Dijo su madre alterada.– Celia, ¿Estás ya?
-Sí, mamá,
voy, es que estaba cogiendo mis cremas- Dijo Celia-.
A lo lejos sonó un estampido seco que retumbó en el aire. Celia y su
madre corrieron hasta la entrada al refugio seguidas muy de cerca por el
pequeño Luis. El padre alumbraba los primeros escalones desde la parte baja de
la escalera, dentro ya de la blindada habitación. En cuanto bajaron los tres,
subió para cerrar la trampilla. Luego bajó más despacio y respiró, algo
aliviado.
-Bueno, ya está- Dijo. Dio al interruptor de la luz que permitió que
tomase forma al instante una habitación muy grande en la que a un lado había cuatro
camitas separadas por biombos, cada una con un armarito y una mesilla, y que en
otra zona tenía dos sillones. A un costado de la habitación aparecía un cuarto
de baño y contiguo, un comedor con su cocina, electrodomésticos y una enorme
despensa.
La familia se sentó en los sillones. Durante un tiempo estimado de más
de cinco minutos –y que conste que esto es un relato y no una espera para poder
hablar con un teleoperador- permanecieron callados y mirándose unos a otros.
Fue Celia la que rompió el silencio.
-Bueno, y ahora ¿Qué?
-¿Qué, de qué- Dijo la madre, Paloma.
-Pues que qué hacemos.
-¿Tenemos que hacer algo?- Dijo Paloma.
-Pues no sé- continuó Celia- Noto como un vacío…
-¡Eso es la tele! Afirmó rápido como el rayo Luisito. –Claro, como aquí no
hay tele, pues nos aburrimos.
-Ya dijimos- cortó Paloma- que aquí no se vería la
televisión. Estuvimos de acuerdo en que también nos invadían a través de ella,
que el ataque visto desde la pantalla resultaba insoportable.
-Tienes
razón, mamá. Y hay que ser consecuentes, pero ahora que tenemos tanto tiempo
libre que no podemos llenar con ella, se la echa de menos… en fin, que yo no
sé que hacer, que me aburro, que estoy inquieta…
-Léenos alguno de tus cuentos, de todos estos últimos que estás escribiendo…
-¡No, que no! Son muy infantiles, son malísimos
-¡Infantiles! Están muy bien, por lo menos los últimos
que me dejaste leer… Bueno, pues tú, Luisito, ¿Por qué no nos haces el papel
de saltimbanqui ese que hiciste en la obra de teatro del verano?
-¡Ay, no, mamá! Y además, si no tengo el traje y no están mis compañeros.
-Eso no importa –Dijo su madre- era casi un monólogo y el
traje y el escenario los podemos imaginar aquí… Pues tú, Luis ¿Te acuerdas
aquellas canciones tan bonitas que me cantabas cuando nos conocimos, guitarra
en mano? Los chicos no las conocen, y seguro que les gustarán.
Una guitarra española, lánguida y polvorienta, se apoyaba en un rincón
de la pared ¿Cuántos años tendría, cuántos que nadie la tocaba? Luis la miró
con melancolía. Por un ventanuco arriba, cerca del techo, se filtró un
resplandor brillante. Las paredes y el suelo vibraron.
-No sé si me
acordaré- remoloneó Luis- Y seguro que está desafinada.
-Celia
murmuró entre dientes –vaya coñazo- Y en voz más alta –A lo mejor no nos gusta,
mamá- Aunque claro, puedo entender que a vosotros sí.
Luis se acercó a la guitarra sigilosamente, con el respeto con el que
se acercaría a un objeto sagrado. La tomó por el mástil y la sopló el polvo. Se
sentó con ella en el regazo y despacio, lentamente, sus dedos fueron recordando
solos. Los movimientos se transformaron en música. La música abrió la garganta
de Luis tocó su corazón; sus ojos
gatunos se humedecieron. Estrofas de Hilario Camacho, de Canovas, Adolfo,…
de…. Qué bien cantaba Luis, pensó Paloma. Qué bonitas letras, pensó Paloma. Y
volvió a enamorarse de Luis. Hacía mucho que no se enamoraba de él.
-Qué bien
cantas, papá. Nunca te había oído, por lo menos no me acordaba. Y qué bonitas
son las letras, tengo que reconocerlo- Dijo Celia.
-Sí me has
escuchado, pero no te acordarás. Te tocaba nanas cuando eras pequeña.- Y
diciendo esto, rasgó una preciosa nana vasca, dulce y misteriosa que hablaba en
euskera de brujas, bosques, setas y hadas y de una hermosa madre de largos cabellos
que con aquella canción le quitaba el miedo a su bebé y le protegía de aquellas
criaturas, velando su sueño.
-Ahora sí,
papá. Ahora ya me acuerdo, dijo Celia con los ojos también húmedos. Pero no
sigas más que me voy a poner triste. Bueno, os voy a leer mi último cuento.
Espero que no os parezca demasiado mal ni muy ñoño.
Celia leyó un cuento. Era el último sueño de una viejecita que iba a
morir. Su último recuerdo. Soñaba que esperaba a su apuesto novio que la iba a
llevar muy lejos en su caballo blanco, y mientras le esperaba se quedaba
dormida, y mientras dormía, en el sueño, su novio la tomaba y la llevaba lejos,
muy lejos en su blanco corcel.
-Es muy
hermoso, Celia- dijo su madre. Estaban muy emocionados y cansados, así que se
fueron a dormir sintiéndose seguros. A pesar de aquel brillo que se colaba por
el ventanuco cercano al techo.
Al día siguiente, después del desayuno, Luisito les sorprendió
preparando una función de teatro en toda regla. Había colocado los sillones en
dos filas como si se tratase de los asientos, se había fabricado un vestuario
completo con la ropa y los trapos que había encontrado y hasta una taquilla
porque claro, el artista tiene que tener un reconocimiento a su trabajo. Una
cosa es el arte y otra vivir del aire. Toda la familia pagó religiosamente su
entrada y se sentó a contemplar el espectáculo.
Fueron leyendo los libros de las estanterías. Libros adorados y
releídos una y otra vez, olvidados una y otra vez… allí estaban.
Los días se iban sucediendo unos a otros, enganchados como eslabones de
una cadena, cada vez un poco más cómodos, cada vez un poco más amenos porque
iban saliendo todas aquellas cosas que parecían olvidadas y que aquellas
personas no habían tenido tiempo ni ocasión de recordar ni de comunicarse.
-¿Os he
contado aquella historia que me contó mi abuela, que le había contado la suya y
que a la suya le había contado la suya, sin se sepa muy bien quién fue la
primera persona que la contó en España?
-¡No, no!
Dijeron a coro Celia y Luisito. ¡Ésa no, cuéntala por favor!
-Pues es la
historia de un quesero que vivía en un pueblo de Italia hace muchísimos años,
cuando todavía existían dragones y brujas. El hombre se ganaba el sustento
haciendo quesos pero tenía la particularidad de que sabía leer y escribir, cosa
nada frecuente en un pueblo en aquella época. Le había picado la mosca del
ingenio y le había inyectado el veneno de la inteligencia y el hombre había
recorrido ciudades y pueblos buscando quien le enseñara a leer, libros, y
tertulianos inteligentes. Sabía pensar y discurrir y se había convertido en un
personaje popular en su pueblo; todos le escuchaban, le tenían en cuenta y a
veces, hasta le hacían caso. Como notaba su peculiaridad y su capacidad, se
preciaba de ella, y cuantas ocurrencias le venían a la cabeza, cuanto le
parecía que debía ser contado y trasmitido de los libros, o cuanto él
interpretaba sobre los textos, lo pregonaba a los cuatro vientos, algo pagado
de sí mismo.
-En una
ocasión se percató, después de mucha observación y comprobación, de que los
quesos fermentaban como consecuencia de unos gusanillos que aparecían en la
leche sólo cuando se la tapaba y se la conservaba así durante un tiempo y en
determinadas circunstancias y no en otras. Genialmente, por tanto, llegó a la
conclusión de que la vida que se había originado en la leche y que posibilitaba
la transformación en queso no había surgido por generación espontánea, que era
la teoría que como dogma de fe mantenía la iglesia en aquél entonces, sino que
había sido necesario un proceso, unas circunstancias, una falta de aire; no era
una casualidad, sin todo aquello la vida en la leche no prosperaba. Era un
descubrimiento casi científico, aunque en aquellos momentos nuestro quesero no
lo supiera. Se había anticipado instintivamente muchos siglos a los científicos
posteriores.
-Inmediatamente
propagó su descubrimiento a todo el que quisiera escucharle, incapaz de
callarlo. Las noticias llegaron al párroco que le tenía una cierta manía porque
con su popularidad y su labia le restaba feligreses, casi tenía el hombre más
público que el sacristán cuando echaba un sermón, y de ahí al obispo, y del
obispo al tribunal de la Santa Inquisición.
-A partir de
ese momento su vida fue un infierno. Le persiguieron. Le hicieron declarar. Le
encarcelaron y finalmente, anciano y enfermo, le soltaron para que fuese a
morir a su pueblo…
-Es una
historia tremenda, mamá. Creo que la voy a transformar en un relato- Dijo
Celia.
-A mí me
parece una pasada- Comentó el pequeño Luis, que se estaba entrenando con la
guitarra, comenzando a hacer acordes guiado por su padre.
De improviso Luisito levantó la cabeza y miró por el ventanuco. Estaba
oscuro, sólo se veía un trocito de cielo tachonado de estrellas. Una calma
azulada penetraba hasta la habitación. No estaba lejos el alba, pensó el
pequeño. Dejando a un lado la guitarra se levantó y sin decir una palabra fue
hasta la trampilla que daba acceso desde el refugio al salón de su casa.
-¿Dónde vas
Luisito? ¿Pero qué haces?- Dijo su padre.
Luisito no contestó. No tenía miedo. Había pasado, esta vez había
pasado ya, lo sabía. Abrió la trampilla, llegó al salón y abrió la puerta de su
casa. Todos los demás lo siguieron en silencio. El aire olía todavía a pólvora.
Las estrellas, traviesas, se hacían guiños unas a otras en una noche fría,
helada, que estaba tocando a su fin.
-Es la mejor
Navidad que he pasado en mi vida- Comentó Celia.
-Sí… Es
verdad- Dijo su madre. Qué buena idea tuvimos construyendo este refugio para
escapar del tormento comercial, de los petardos, la iluminación, la propaganda,
las borracheras… Creo que deberíamos volver allí una temporadita de cuando en
cuando. ¿Te das cuenta, hija, de la cantidad de cosas que hemos dicho, hablado,
contado que no hacemos habitualmente?
-Sí- Dijo Celia
pensativamente- Claro que sí, mamá.
-Mamá- Dijo
Luisito- Esto sí que es raro. Yo ya sé que los Reyes Magos no existen y que
sois vosotros pero entonces ¿Quién nos ha puesto estos regalitos en el salón si
vosotros estabais con nosotros y cómo ha sabido que era lo que yo quería, si no
he escrito ni siquiera la carta?
-
Lo tengo en la
punta de la lengua… Siempre he sido despistada, el tiempo consolida la forma de
ser de cada uno y más quizá la ausencia de virtudes que su presencia. Y es que
tenemos tantas cosas en la cabeza, tanta actividad, el ritmo de afluencia de
información va “in crescendo”, exponencialmente, de manera que pone a prueba la
plasticidad de la memoria y de los reflejos psíquicos y físicos… El caso es que
ahora mismo no recuerdo el nombre del individuo. Con lo conocido que es, el de
la enfermedad de la pérdida de memoria…
Resulta que hoy
es el día mundial de la enfermedad. Lo sé no porque me haya acordado, sino
porque he leído una entrevista en el periódico a una mujer cuya madre padecía
el mal y me he sentido de repente tan identificada, tan reflejada en su sentir
que no he podido por menos de acordarme de mí misma y del proceso de mi madre.
Es curioso lo olvidado que lo tenía. Qué cierto es el dicho de que el tiempo
todo lo cura. Tiene virtudes sanatorias, es verdad, extiende un velo que pudorosamente oculta y suaviza
lo peor, dejándonos acordarnos en primer lugar de lo mejor… Supongo que es un
mecanismo de supervivencia porque si no habría realidades y recuerdos tan dolorosos
que su peso no nos dejaría vivir el momento presente.
El tiempo. Todo
lo cura y todo lo deteriora. Los recuerdos. La memoria. Lo son todo, como todo
lo importante cuya trascendencia no recordamos hasta que lo perdemos. Como la
memoria. Un enfermo de… ¡Ah, ya me acuerdo, Alzheimer, era! Va desintegrándose
paulatina e inexorablemente junto con sus recuerdos, con su memoria. Va
desaprendiendo lo aprendido, primero lo más reciente, lo más elaborado de su
personalidad, lo más artificial. Poco a poco se va despojando de la educación,
del lenguaje, de la cultura, de los prejucios, de las inhibiciones… En esta
fase sufre extraordinariamente porque es plenamente consciente de lo que le
está sucediendo y lo niega y se lo niega, lucha desesperadamente por aferrar
los trozos de ese puzzle que se dispara hacia todos lados y en el que aún,
todavía, se reconoce a sí mismo. Después, pasado un tiempo indeterminado y
cruelmente largo, ya más desnudo, más descarnado, más animal y menos humano,
olvida las tareas rutinarias y esenciales para la vida como vestirse, lavarse o
comer. Ya no hay lucha. El sufrimiento es básico, por necesidades no cubiertas
por hambre, sed, sueño, incomodidad o dolor. Olvidó lo que le pasa. Olvidó
quién es, cómo le educaron, quién es su familia. Ya no hay miedo a la
enfermedad. Sólo instinto, a medio camino entre el de un niño y un animal listo
que ha aprendido una serie de habilidades que le permiten manejarse en el
mundo. No hay ningún intento de reconstruir la personalidad ni esfuerzo por
recordar. El olvido es progresivo y finalmente, se olvidan los reflejos
mecánicos, los primeros que aprende un bebé. Se olvida andar, moverse. La
musculatura se atrofia… Lo último que se olvida es lo primero con lo que un
bebé nace, lo que es innato e inaprendido: los reflejos plantar, de succión y de
deglución. Para poder ser alimentados, los enfermos necesitan en esta fase una
sonda nasogástrica porque si no, morirían de hambre.
No es difícil
aunque no se haya vivido el proceso ponerse en el lugar de quien lo padece y
los que le rodean. ¿Quién puede decir qué se siente cuando ves que un ser muy
querido sufre lo indecible, lucha contra lo imposible y se va yendo, perdiendo
primero la dignidad, los principios, los valores, la educación, viendo como se
revuelve enloquecido contra quienes le quieren ayudar? ¿Cuando se convierte
primero en un animal, luego en un bebé y por último en un vegetal? Que perdone
quien me esté leyendo la crudeza, no quiero herir ninguna sensibilidad pero no
quiero caer tampoco en la sensiblería y quiero recordar las cosas como son,
como fueron, transmitirlas para que las recordéis, os acordéis y las
transmitáis… Y sobre todo, para no olvidarlas nunca.
Hay un momento
en el que se da uno cuenta de que la persona que querías se está marchando.
Entonces, cambias. Quien fue tu madre es tu hija. Es tu bebé. Cambias por amor
inconscientemente la relación establecida con una facilidad extraordinaria y
sólo deseas su bienestar físico. Si acaso, una vaga sonrisa no de
reconocimiento de tu persona, sino de estómago satisfecho, de cuerpo caliente y
cómodo. Ésa es una enorme recompensa en esta fase. Exactamente igual que un
bebé… Has ido perdiendo poco a poco lo que tú recordabas de esa persona en la
relación que estableció contigo cuando la conociste. Te has ido agarrando a lo
largo de los años desesperadamente a ese fleco de conciencia, a ese resquicio
de lucidez por el que antes, tiempo atrás, todavía recordaba y olvidaba tu
nombre. Todavía te sujetaba la mano y te preguntaba quién eras. Todavía
recordaba alguna cancioncilla de cuando era una niña…
Pero ya no. Ya
no queda nada de lo que tú recordabas como la persona que conociste con la
relación que tenías con ella. Sólo te queda entablar una relación nueva y
diferente, como digo, convertirte en su madre… Nadie me había preparado para
ser la madre de mi madre… Y aún todavía, después de perderla a ella como madre,
con su recuerdo vivo, no quieres perderla como ser humano, como persona, aún en
su nueva condición de bebé y te agarras como clavo ardiendo a sus últimas
manifestaciones de humanidad…. A esa sonrisa vaga y perdida de la que hablamos
y volvemos a hablar porque es ya lo único que queda, igual a la del bebé cuya
percepción se está organizando, que sonríe a sus manos, a un rincón
indeterminado de la habitación… Sólo que la de tu madre se está descomponiendo,
desorganizando y va en sentido inverso.
Finalmente,
aunque te lo niegas, aunque no quieras reconocerlo, también el bebé se va. El
último resquicio de humanidad y de conciencia se pierde. Primero, se va la
persona que conociste como tu madre. Después, se va lo que queda del ser humano
que es. Y no queda nada. Nada. Rien de rien, de verdad, como diría Edith Piaff.
Un cascarón vacío. No hay persona. Sólo un envoltorio de carne, órganos
desorganizados a los que deseas rendir homenaje porque una vez fueron la vasija
que contuvo a esa persona que tanto amabas. Sólo por ese motivo, porque una vez
dentro estuvo tu madre. Su presencia exclusivamente orgánica duele tanto como
si después de haberte estado torturando durante años aún te clavasen una y otra
vez un puñal en el corazón sin dejarte ver el final todavía..
Son varias
muertes sucesivas las que presencias. Por eso, yo personalmente y no me importa
en absoluto decirlo, deseé muchas veces su muerte. Su muerte definitiva. Deseé
que ese corazón fuerte dejara de latir, que esos pulmones no funcionaran para
no tener que ver cómo ese cuerpo se escaraba, se contraía, se iba quedando en
postura fetal completamente agarrotado regresando despacio, muy despacio… ¿A
dónde? ¿Al lugar de donde vienen los fetos para prepararse en esa postura para
una nueva vida? Quién sabe… Y sin embargo, tardaba tanto… Y la sabía ya tan
lejos… Había vivido ya su muerte varias veces y pensaba que la de su cuerpo
no me afectaría. Y nada más lejos de la realidad. Cuando finalmente sucedió la
reviví de nuevo y algo muy dentro de mí me dijo que ahora sí, que ahora sí
había perdido todo cuanto ella era, incluso los órganos que la animaban.
Ahora ya sólo me
quedaba, me queda, el recuerdo. Mientras yo la recuerde, ella vivirá, y
mientras yo viva, espero recordarla siempre. En todas las mujeres de rostro
desencajado que padecen la enfermedad del olvido en las que reconozco tan bien
cada una de las fases. Mientras yo la recuerde… Por eso es tan importante el
recuerdo, la memoria, la historia. Lo que no se recuerda es como si nunca
hubiera existido. Lo que la historia oculta u olvida nunca existió… ¿Cuántas
veces habré escrito la palabra recuerdo, memoria en este escrito? ¿Y cuando yo
no pueda recordar qué quedará de ella? ¿Habrá existido alguna vez? ¿Cuando se
pierdan las fotos, cuando nadie sea capaz de interpretar de quién es esa cara,
ese nombre escrito en un trozo de papel, en un cuaderno? ¿Será como si nunca
hubiera existido?
No. Hay un
truco. El único para salir airosos de la muerte. Para vencerla. Para reírnos de
ella.
Ella, y yo, y
todas las Ellas y Ellos viviremos a través de los nietos de nuestros nietos. No
con nombres, ni con rostros. Con un rasgo facial. Con un color o forma de ojos.
Quizá con un gesto. Con un tipo de carácter. Mezclado con otro y otros. Con
muchos. Con todos. Aunque no lo recordemos. Aunque nadie lo sepa nunca. Esa es
la victoria de la enfermedad del olvido y del olvido en el que nos sumerge la
muerte.
Por cierto, no
sé si os he contado que hoy he leído una entrevista muy hermosa, muy sentida y
muy interesante que le hacían a una mujer cuya madre era enferma de Alzheimer
¿No os lo he contado? Qué cabeza la mía… Tantas cosas que hacer y en qué
pensar que olvido lo más importante y lo que más ganas tenía de hacer, porque
hoy es el día mundial de los enfermos de Alzheimer…
Un sentido beso
a ellos y a todos sus familiares que los cuidan.
Mira que me gusta poco ir de
turista y a los circuitos habituales de turistas, pues nada, esta vez me ha
tocado y es que a veces es inevitable cuando no se conoce nada de un lugar, así
que hemos andado haciendo de guiris en el país de los guris. Mr. Marshall nos
ha dado la bienvenida –supuestamente- en lugar de dársela nosotras a él…
quién me lo iba a decir a mí.
No estamos acostumbrados todavía, ni unos ni otros. Ni
ellos al servilismo que conlleva ser un destino turístico, cosa que por otra
parte soportan estoicamente, igual que tener un presidente negro, sin estar
conformes ni habituados como una de las consecuencias de la “recesión”
esperando en el fondo un futuro mejor y volver a ser el ombligo del mundo, ni nosotros
a representar el papel de turista bobo que está ahí para dejar que le expriman
y le saquen los cuartos… pues no sabemos nosotros ná de turismo ni ná, como
para que además de pagar precios y servicios pactados –caros, a precio de
turista- tengamos que pagar propina por todo y a todos… anda y que os den…
¿Somos malos turistas o simplemente listos? Hete aquí el dilema…
Porque habréis de saber amiguit@s
que es costumbre aceptada, generalizada y conocida al parecer, que en NY se
paga propina por cualquier servicio, no sólo de restauración, sino al chófer,
al guía turístico, al recepcionista del hotel, al señor que pasa por la
esquina… y además, si es comida o bebida, está tasado entre un 10-15%… Otro detalle espinoso pero práctico a tener
en cuenta es que también es costumbre en los hoteles además del pago por
adelantado de la totalidad de la estancia dejar un depósito por si… cualquier
cosa de unos 100 dólares… que te devuelven eso sí, si no has hecho ningún
gasto adicional. No esperéis que el hotel tenga a vuestra disposición la prensa
del día, la lista de precios, la normativa de los clientes del hotel…
Cualquier cosa aparte estrictamente del alojamiento se paga. Tampoco esperéis
que ningún hotel os ofrezca un pack de alojamiento y media pensión como oferta,
porque eso allí no se estila al menos por ahora. Si la “recesión” continúa ya
veremos si los establecimientos hoteleros se adaptan al servicio europeo.
Sí, si, recesión nada más. Nada de crisis, hay que ser
optimistas, eso lo decimos aquí en Europa. Ellos, si aluden en alguna oferta
comercial con rebaja a algo, se refieren siempre en su propaganda a recesión,
nunca a crisis.
En cuanto al metro es algo más caro y anticuado que el de
Madrid y además en él se pasa un calor más que espantoso salvo en los trenes,
que llevan un aire acondicionado fuertísimo.
No sé si el motivo es porque los túneles están excavados a más
profundidad, son más estrechos o por qué, pero es un calor inhumano. En
realidad el metro de Madrid es el mejor que he visto, mejor que el de NY y
mejor también que el de Londres y no es que quiera tirarle con esto ningún
piropo a la Espe…
Pero bueno, y empezando por el principio, fuimos entrando
en la ciudad desde el aeropuerto y mi primera impresión desde el bus ya
adentrados en Manhattan, fue de que aquello era la Gran Vía… El mismo tipo de
edificios construidos en fechas aproximadas, una ciudad aparentemente como
Madrid… Espere a ver Times Square, me dijo el guía. Y tenía razón. A medida
que íbamos profundizando en la ciudad, se llenaba de anuncios luminosos.
Bajamos del autobús, dejamos las maletas en el hotel y rápidamente nos
zambullimos en la noche buscando un sitio para cenar. Yo me encontré con la
misma sensación que se tiene cuando se llega a una costa desde el interior.
Había una humedad ambiental que lo empapaba todo y que me hacía sentir como en
una sauna, lo que contrastaba aún más al entrar en cualquier establecimiento
porque todos tienen a toda pastilla el aire acondicionado, quizás para combatir
ese calor tan húmedo y pegajoso. Finalmente encontramos dónde cenar porque es
un mito eso de que se termina de cenar a las 7. En realidad todo el mundo come
cualquier cosa en cualquier momento del día y hasta las 11 al menos se puede
tomar una cena. De hecho comen por la calle y andando, toman café andando…
Todo en cualquier momento. Es curioso ver cómo en una ciudad donde la comida es
un acto tan práctico y poco ritualizado en relación con España abundan
tantísimos restaurantes de comer sentado, mucho y durante tiempo junto con
miles de puestecitos callejeros donde se puede comprar y comer andando hot
dogs, helados o cualquier otro entretenimiento para el estómago.
Efectivamente, Times Square es espectacular. Es la
quintaesencia de la metrópoli occidental, de la sociedad de consumo, del
sistema capitalista… Es una abigarrada mezcla de anuncios luminosos y gente a
partes iguales en donde no se ven ya los edificios, sino los anuncios luminosos
que soportan, lanzando consignas y mensajes gigantes como un inmenso decorado
del teatro de la ciudad en el que los espectadores prescinden de casi todos los
sentidos menos del de la vista para seguir hipnóticamente con ella los anuncios
que les rodean. Para terminar de completar la estampa de Times Square y darle
un toque surrealista, andan por ella los fines de semana en plena noche unos
carritos de caballo que sabe Dios de dónde habrán sido sacados, que no pegan ni
con cola, decorados con el estilo más hortera de Almodóvar, penacho enorme rojo
en la cabeza del animal y ramos de diversas flores en el pescante del
conductor. Los carritos andan también por los alrededores de Central Park, algo
más acordes quizá con el ambiente por aquello de la cercanía del parque. Por
supuesto, el tráfico no se corta y Times Square no es peatonal, así que
conviven amistosamente taxis, peatones, carritos de caballo y hasta unos
carritos que andan repartidos por toda la zona turística que son una especie de
triciclo gigante dispuesto para llevar a dos personas y tirado por un
infeliz… pena me daba verlos arrastrar a dos personas y sortear los coches;
al principio creí que llevaban un motorcito, pero no, todo a base de fuerza
bruta. Pensé que aquello debería estar tan prohibido como la caza del zorro o
las corridas de toros. El resultado es un complejo conjunto de bocinazos,
carreras, paradas, acelerones y apretujones. Todo esto, a las doce de la noche,
sin escándalos, borracheras ni prostitutas es Times Square ¿Quién da más,
señoras y señores?
Hasta la comisaría
de policía instalada en medio de la plaza parece irreal y ser un anuncio, nada
más, con un enorme cartel de neón. Los policías son actores también, no son
policías de verdad… O al menos eso es lo que parece desde nuestra mirada, y
no sólo los de Times Square, sino todos los de la ciudad. Se pasean por ella
haciéndose fotos con los turistas, con tranquilidad, a pie o a caballo y no les
falta más que firmar autógrafos. Qué diferentes de los policías españoles o los
bobbys británicos ¿Quién demonios les habrá contratado? Lo digo porque el
uniforme es chulo, ya me gustaría a mí que me hubiesen ofrecido ese trabajo…
Y quizá sean de mentirijillas los policías o tengan ese
aire tan campechano porque son muchos o porque están muy contentos de patrullar
una ciudad tan tranquila. Si, tan tranquila. Incluso más que Madrid. Cualquier
cosa que te haya contado alguien que estuvo hace tiempo relativa a la
inseguridad, los atracos, lo peligroso de salir de noche, está totalmente
desfasado. Es igual o más segura y tranquila que Madrid cualquier noche.
Incluso aquellos barrios por donde se decía –a mí me lo dijeron, gente que
había estado hace tiempo- que era peligroso caminar, como Harlem si eres blanco
o el Bronx, son lugares normales de tránsito para cualquiera. Claro que no
anduvimos por ellos a las tres de la mañana, a esas horas no sé, pero tampoco
acostumbro a estar a esas horas por las calles de Madrid y supongo que será
igual, ni mejor ni peor. Harlem incluso está de moda. Una moda forzada, por lo
de Obama. Es casi obligado querer a los negros, oír a los negros y pasear por
Harlem… hay souvenires de Harlem y camisetas por la causa negra a la venta en
cualquier lugar.
Ellos sin perder su blanca sonrisa, vocingleros, cargados
de collares y sortijas doradas y parapetados tras de unas gafas oscuras la
mayoría de veces, son solamente una parte de la multitudinaria mezcla racial
que se acumula en las calles. Quizá hace 25 años nos hubiera impactado, hoy día
no porque la sociedad española ha cambiado mucho y aunque no tanta variedad, sí
tenemos la misma mezcla de gentes y culturas. Cada uno va a su bola igual que
aquí, tan deprisa como solemos deambular los habitantes de las ciudades,
siempre presurosos aunque no tengamos ni hora ni destino fijo, las masas de gentes
aproximadamente iguales y con un comportamiento similar, nadie se fija ni se
mete con nadie, ni se asombra de casi nada de lo que sucede alrededor, ya sea
una conversación el voz alta, una mujer magrebí llevando a su bebé a la espalda
en una manta, un loco que grita en una esquina… ¿Tolerancia o fría
indiferencia? Buena pregunta para la que no espero respuesta. Abundan los
homeless en diferentes versiones. Es habitual ver personas portando un carrito
de la compra con todas sus pertenencias en él y gente muy anciana y sola. De
todos ellos no he sacado fotos, salvo quizá de alguno a medias por pudor y no
desvelar la cara de quien así sufre y a medias también por no sufrir yo al
recordarles. Quizá quien más me llamó la atención fue una mujer muy mayor, de color,
que iba en el metro arrastrando dos bolsas que apenas podía llevar, tan
encorvada por la artrosis que sólo podía mirar hacia abajo cuando caminaba
vestida con unos pantalones y camiseta negros, sucios, y que llevaba como
calzado en un pie una bota y en el otro, una sandalia medio rota que sujetaba
apenas con la fuerza del empeine del pie… Nadie la ayudó en ningún momento.
Pero este tipo de personas y situaciones también son habituales en Madrid…
Al día siguiente de llegar la agencia nos ofreció un tour
por Manhattan, visitando la parte alta, media y baja de la ciudad; así es como
ellos la dividen. Está trazada con tiralíneas, las calles y avenidas componen
una cuadrícula perfecta en la que resulta muy sencillo orientarse. Visitamos
Central Park, el monumento Stawberry Fields así como la puerta de la casa en la
que vivía John Lennon cuando lo asesinaron. Observamos que en los bancos del
parque había placas con nombres y dedicatorias, y al preguntar, nos dijeron que
era una costumbre que indicaba que el que lo había hecho, aparte del homenaje
que se hiciera o que le hiciera a alguien, daba fe de que tenía dinero y que
eso era lo más importante, porque había plaquitas de aquéllas que podían costar
desde 3000 hasta 16000 dólares… Además, nos dijeron, ese procedimiento se
utilizaba también en las iglesias, era una especie de patrocinio por la que el
nombre del “donante” se colocaba en un banco, de tal forma que cuando comenzaba
un oficio religioso los feligreses dejaban vacío el banco hasta ver si acudía a
sentarse en él el patrocinador. La verdad, no preguntamos qué credo admitía ese
tipo de participaciones aunque la iglesia católica sin duda estaría muy feliz
con semejante iniciativa. La variedad de sectas cristianas en NY es amplísima y
cada una cuenta con un número también importante de iglesias.
Después pasamos por Rockefeller Center, el edificio o
mejor dicho, conjunto de edificios que más ferozmente le hacen la competencia
al Empire y por el resto de edificios monumentales de la parte media de Manhattan,
todos impresionantes, desde el Crysler hasta el Woolwoort sin dejar uno, todos
dignos de ser vistos y admirados.
A continuación y siempre en autobús, nos internamos en la
parte baja de la ciudad viendo el resto del ghetto italiano, Chinatown que posteriormente
recorreríamos a pie, Greenwich Village y su hermosa arquitectura residencial,
el SoHo, el distrito financiero con las entidades oficiales y bancarias y la
famosa Wall Street, los restos de las Torres Gemelas, el minúsculo “distrito
histórico” y finalmente el parque desde el que se toma un ferry para llegar a
la isla en donde está la estatua de la Libertad. Se hizo una parada y el que
quiso tomó el ferry, que no paraba en la isla sino que daba una vuelta
alrededor de la estatua. Nosotras no lo hicimos, ya que la excursión costaba 20
dólares por cabeza y justo al lado, sabíamos que salía un ferry gratuito para
State Island como medio de comunicación entre los habitantes de este barrio y
Manhattan, con unas vistas similares de
la estatua que tomamos un par de días después
Finalmente, regresamos oteando el puente de Brooklyn al
hotel, con una panorámica interesante de la ciudad y de lo que nos interesaba
ver, intentando dejar al margen todas las ofertas de tours y visitas que nos
iba facilitando el guía. Tengo que decir que hizo la visita absolutamente amena
y que, lo más importante, nos ofreció la mejor muestra de la idiosincrasia de
los americanos en general y de los new yorkers en particular que haya podido
escuchar amén de relatar con detalle lo que ellos entienden y pueden ofrecer
como historia de una ciudad y por extensión, de una nación.
Sí, la historia a la que se remonta la ciudad es muy
reciente y se remite al momento en que comenzaron a llegar colonos de Europa, y
a partir de ahí a la construcción de la metrópoli. Los personajes históricos
que el guía nos citó -y nos dio un buen repaso- eran siempre individuos cuyo
valor fundamental era la fortuna que habían llegado a amasar a partir de una
procedencia más o menos humilde, los edificios que habían comprado o mandado
construir y los negocios que habían llevado a cabo. No nos habló de la primera
mujer que pudo votar en NY, sino de la primera que se hizo millonaria y cómo a
pesar de eso, por una pequeña deuda fiscal fue penada con la cárcel. No nos
dijo nada acerca de la sociedad neoyorkina y su composición, procedencia,
aspiraciones y cultura, sino que nos hizo un análisis detallado del precio del
alquiler por metro cuadrado en la ciudad dependiendo del barrio. Tampoco nos
habló de las mejores obras de teatro que se representaban, sino de la
clasificación de teatros de Brooklyn dependiendo del aforo, si muy grandes, de
Brooklyn, un poco menores, off Broklyn, o sea, fuera de Brooklyn, fuera del
meollo aunque físicamente estuvieran situados dentro, y los más pequeños, off
off Brooklyn… Todo lo cuantificaba, todas sus informaciones las traducía a
cifras económicas y a tamaños, siempre mejores cuanto mayores… Quedaba clara
constancia de que el valor máximo y quizá único a tener el cuenta era el
económico, sin pudor, sin tapujos. Haizea y yo nos quedamos pensando si esta
postura sería la más correcta y sincera también en Europa puesto que tenemos un
sistema económico igualmente capitalista y en el fondo nuestros valores son
también los mismos, aunque los intentemos tapar por una picazón absurda que parece darnos decirlo afirmando
que hay otras cosas más importantes que el dinero, que existen otros valores
más importantes, que cantamos la cantinela de la sociedad del bienestar y
digamos que al Estado y a nosotros nos importa la cultura, la educación, la
sanidad… quizá sean ellos los que tengan que adoptar un sistema nuevo de
valores o quizá por el contrario, nosotros deberíamos no ser hipócritas… no
sé ahora mismo qué es lo que sucederá…
El caso es que al día siguiente nos recorrimos la parte
baja de la ciudad andando y llegamos a Chinatown, un barroco conjunto de
tiendas y ciudadanos chinos que exponen su lenguaje, sus costumbres y sus
alimentos. Llegamos hasta un puente por el que circulaba un tren de cercanías
cuya parte baja estaba llena de tiendecitas en las que no se podía ni cruzar
palabra por el ruido ensordecedor y el traqueteo de los trenes que pasaban por
arriba, con intervalos de 4 minutos. Llegamos hasta el final y tomamos el ferry
hasta State Island con el fondo más o menos cercano de la estatua de la
Libertad. Creo que para verla hace falta un día entero de esperas y colas y
realmente, tampoco era ésta nuestra intención. En él pude escuchar una
conversación interesante acerca del sentir de los americanos de color en
relación con la situación política. Era una mujer negra que le contaba en
castellano a otra que evidentemente estaba de visita y no conocía la ciudad
cómo se desarrollaba en ella la vida y cómo por fin los negros habían visto que
había justicia y había un Dios al colocar como presidente a una persona de
color… que bastante habían sufrido ya y que ahora, afortunadamente, los
blancos no tenían más remedio que someterse a los designios divinos.
En los días siguientes nos acercamos también a Brooklyn
pasando por el puente que merece la pena recorrer a pie, visitamos Harlem y
comprobamos que es un lugar tranquilo y popular. A destacar que allí vimos dos
grandes lugares de donación pública de alimentos, cosas tales como patatas,
pan, sal… que estaban abarrotados de gente normal, ciudadanos corrientes que
no parecían mendigos, simplemente, necesitados… una imagen que en Madrid
también ahora como consecuencia de la crisis se hace habitual en los comedores
de caridad.
Finalmente, en lugar de subir al edificio Rockefeller en
donde íbamos a encontrar montones de colas y esperas, preferimos ir al
Metropolitan. Es algo que no se debe uno perder si visita esta ciudad. Tiene la
que creo que es la mayor y más importante colección de arte egipcio de
occidente, con salas y salas de estatuas, ornamentos fúnebres y hasta tumbas
enteras con todo su ajuar. Bueno, incluso un templo entero como el de Debod en
el Retiro. El resto de salas dedicadas a arte griego y romano, a arte de las
islas Nueva Guinea y de América son también extraordinarias. Hay además salas
de arte chino y europeo, con vajillas de Sèvres y ornamentación de los siglos
XVII y XIX, arte colonial, obras maestras de impresionistas, escultura y arte
contemporáneo… En fin, todo lo que pueda decir es poco, a duras penas
utilizando el día entero desde primera hora de la mañana se puede ver todo. Es
una acumulación tan increíble de arte de tanto valor y tan variado en un solo
lugar como probablemente no lo haya en todo el mundo. Reflexionando sobre ello,
da la impresión de que, una nación poderosa, que lo ha podido comprar todo,
tener todo y acumular todo, ha creado para demostrar y demostrarse su poder una
acumulación mayúscula de arte y cultura, acaparando así aquello de lo que
precisamente más carece. En España cada pueblo prácticamente tiene una historia
larguísima comparada con la nación americana, tiene iglesias y arte romano,
gótico, visigodo a pie de calle y a la vuelta de la esquina. Pero ellos no. Y
quisieron demostrar al mundo que, a pesar de no tener pasado propio, podían
acumular el de todos en su terreno, en su poderosa nación… No llegamos a ver
el MoMa y otros museos por falta de tiempo.
En fin, que llegamos a Madrid con los pies rotos tras días
y días de patear la ciudad, un poco más sabias y cosmopolitas, con la
satisfacción de haber conocido de cerca el mito americano y con hambre de playa
después de tanto asfalto… creo que las de NY son muy feas y que como las de
España, poquitas, poquitas. Besos y espero que haya dado alguna pista con todo
este relato a alguna persona que se decida a ir por allí próximamente.